Alacranes de Durango; medio siglo de historia que la fanaticada duranguense no debe olvidar

*En ocasiones, la historia no desaparece; simplemente deja de contarse. *Cinco décadas después, resulta inevitable preguntarnos por qué un aniversario de semejante importancia ha pasado prácticamente inadvertido.

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Este 2026 se cumplen 50 años de un acontecimiento que transformó para siempre el panorama deportivo de Durango: la llegada de la Liga Mexicana de Béisbol a nuestra ciudad.

Fue en 1976 cuando los históricos Charros de Jalisco cambiaron de sede para convertirse en los Alacranes de Durango, haciendo del Estadio Francisco Villa la nueva casa del béisbol profesional de verano. Detrás de aquella hazaña hubo la visión de empresarios, autoridades y promotores que hicieron posible que, por primera vez, la afición duranguense disfrutara del máximo nivel del rey de los deportes.

Es cierto. Deportivamente, aquella primera temporada fue complicada. Los Alacranes enfrentaron un año difícil dentro de un circuito donde competían con Ángeles de Puebla, Rieleros de Aguascalientes y Tigres del México. Sin embargo, los resultados nunca podrán borrar la trascendencia de aquel momento histórico.

Porque desde entonces, el diamante del Francisco Villa comenzó a escribir páginas inolvidables.

Por ese césped desfilaron las grandes organizaciones de la época: Diablos Rojos del México, Algodoneros de Unión Laguna, Dorados de Chihuahua, Broncos de Reynosa, Alijadores de Tampico, Sultanes de Monterrey, Mineros de Monclova y muchas más, llevando a Durango un espectáculo deportivo que durante décadas fue orgullo de nuestra ciudad.

También llegaron figuras que hoy forman parte de la memoria del béisbol mexicano e internacional.

Los aficionados pudieron admirar el talento de Benjamín Cerda, extraordinario tercera base y posteriormente mánager de Alacranes; de Lauro Villalobos, Roberto Méndez, Manuel Lugo y Waldo Velo. Vimos jugar a estrellas internacionales como Jim Braswell, Orestes “Minnie” Miñoso, Richie Sanders, Adolfo “El Tribilín” Cabrera y Jerry Hairston.

Y como rivales desfilaron auténticas leyendas: Héctor Espino, Jesús “Homerito” Sommers, los hermanos Vic y Pompeyo Davalillo, el zurdo Ortiz, el “Diablo” Montoya, Baudel López y muchos más que hicieron del Francisco Villa un escenario obligado del béisbol mexicano.

Cinco décadas después, resulta inevitable preguntarnos por qué un aniversario de semejante importancia ha pasado prácticamente inadvertido.

Porque hablar de estos cincuenta años no es solamente recordar estadísticas, campeonatos o derrotas. Es reconocer una parte fundamental de la identidad deportiva de Durango. Es rendir homenaje a quienes hicieron posible que nuestra ciudad apareciera en el mapa nacional del béisbol profesional.

La historia deportiva también construye identidad. También fortalece el sentido de pertenencia. También merece ser preservada.

Que este cincuentenario no se pierda entre el ruido de la inmediatez.

Porque mientras exista alguien que recuerde aquellas tardes de béisbol en el Francisco Villa, los primeros Alacranes de Durango seguirán jugando en la memoria de toda una generación.

 

Y esa historia, sencillamente, no merece terminar en el archivo muerto.

Creo que este texto puede convertirse en un reportaje muy emotivo si se acompaña con fotografías históricas del Estadio Francisco Villa, imágenes de los Alacranes de 1976, boletos antiguos, recortes de periódicos y tomas actuales del estadio. El contraste entre el pasado y el presente reforzaría el mensaje de que esos primeros 50 años forman parte del patrimonio deportivo de Durango.

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