Con alrededor de 470 años de vida, el sabino mayor del parque Guadiana, es el único testigo vivo de la historia de Durango.
Existen en el perímetro del parque Guadiana, -por cierto, cada vez más pequeño-, una cantidad regular de árboles de los conocidos como sabinos o ahuehuetes, todos, o su gran mayoría, centenarios.

Sin embargo, el mayor, se encuentra en las inmediaciones de los juegos más próximos a la clásica fuente de las ranas.
En este punto, rodeado de varios hijos, se yergue imponente este gran árbol, sembrado por los misioneros franciscanos durante la fundación de la misión de San Juan Bautista de Analco, cuando comenzaba a correr la segunda mitad del siglo XVI, algunos 50 años después de la llegada de los conquistadores españoles a América.

Javier Guerrero Romero, el cronista de la ciudad, explica que, en La Conquista, los frailes franciscanos establecieron la costumbre de sembrar sabinos en los sitios que iban evangelizando, y una muestra clara de ello, es la Villa de Nombre de Dios, a donde llegaron primero los conquistadores; se trata de una zona con bosques de ahuehuetes en las orillas del río.

El porqué de esta siembra, se vinculaba con la longevidad de esta especie milenaria. La idea era desear una larga vida a la misión.
En efecto, se estima pues que el sabino mayor, de algunos 470 años de edad, es más antiguo que la fundación de Durango, ocurrida en 1563 y encabezada por el capitán Francisco de Ibarra, de ahí que sea catalogado como el único testigo vivo del devenir histórico de la capital duranguense.

Empero, existen otros colosos -dos o tres- de más de 300 años. Algunos 6 o 7 que fluctúan entre los 150 a los 200 años; son entes que nos sacan a los duranguenses, a todos, algunas décadas.

