A dos años de la colocación de la placa conmemorativa, el grupo de amigos de la Selección Durango de la Liga Veteranos volvió a reunirse, no solo para recordar, sino para sentir nuevamente la presencia de quien fuera un ícono del futbol local: Juan Pablo “Popeye” Flores Villasana.
Entre anécdotas, sonrisas y silencios cargados de respeto, su nombre volvió a resonar como en aquellos días en los que el balón parecía obedecerle.

“Popeye” no solo dejó huella dentro del terreno de juego, sino también en la vida de quienes lo rodearon. Hombre de carácter noble y don de gente, su legado permanece en su familia: su esposa, María Guadalupe Montero, y sus hijos, Juan Pablo y Paola Guadalupe, quienes han sido custodios de su historia y orgullo de su trayectoria.
La placa colocada en la cancha Rodriguez, no solo reconoce sus logros deportivos, sino que también marca el sitio donde escribió capítulos dorados, y donde, trágicamente, encontró su último suspiro.

Originario de Durango, encontró también en Apatzingán una tierra fértil para su talento. Fue ahí donde brilló con luz propia defendiendo los colores de los Alacranes Rojos de la Tercera División Profesional.
Su capacidad goleadora fue simplemente extraordinaria: en su primera temporada, en un torneo largo de 38 jornadas, marcó 75 goles de los 105 que consiguió su equipo, una cifra que lo colocó en el radar nacional y lo convirtió en un fenómeno dentro del futbol semiprofesional mexicano.

Su historia comenzó desde abajo, como la de muchos grandes. Dio sus primeros pasos en la liga del CREA con el equipo Nacional de Carlos Cruz Paz, donde rápidamente destacó hasta ser seleccionado estatal en categoría infantil.
Más adelante, en la etapa secundaria bajo la dirección de Ever Mercado en la ETI., consolidó su talento que ya comenzaba a llamar la atención. En 1982, incursionó en la liga obrero estudiantil en categoría libre, donde su crecimiento fue evidente.

El punto de inflexión llegó en 1985, cuando el entrenador Gerardo “La Chata” Castañeda lo integró a una selección de categoría libre que viajó a un torneo nacional en Michoacán.
Fue ahí donde visores de Apatzingán pusieron los ojos en él y no dudaron en llevarlo a sus filas, marcando así el inicio de su carrera profesional. Su impacto fue inmediato y contundente, al grado de despertar el interés de figuras importantes del futbol mexicano.

Tal fue su nivel, que el entonces entrenador de la Selección Mexicana, Bora Milutinović, viajó personalmente a Apatzingán para observar a ese delantero duranguense que acaparaba titulares con su olfato goleador.
Aunque recibió invitaciones para integrarse a equipos de la Primera División, por diversas circunstancias —ya fueran decisiones personales o temas de negociación—, su salto al máximo circuito nunca se concretó.
Hoy, su historia se cuenta entre amigos, familiares y generaciones que escuchan con admiración lo que fue capaz de lograr.

Juan Pablo “Popeye” Flores Villasana no solo fue un goleador nato; fue un símbolo de lo que representa el futbol en su esencia más pura: pasión, entrega y amor por la camiseta. Su recuerdo sigue vivo en cada cancha, en cada balón rodando y en cada historia que merece ser contada.
