“Tendremos un Mundial sin la algarabía de siempre”

Share

A unas horas de que inicie la Copa Mundial de la FIFA 2026, compartida entre México, Estados Unidos y Canadá, el ambiente dista mucho de parecerse al de otras épocas en las que el fútbol logró unir a millones de mexicanos alrededor de una misma pasión.
Lejos de la euforia que caracterizó a México 70 o México 86, hoy el país enfrenta una realidad marcada por la incertidumbre, la inseguridad, la polarización y un evidente malestar social. Mientras las autoridades y los organizadores promueven el Mundial como una celebración histórica, para amplios sectores de la población la fiesta parece ajena, distante e incluso inaccesible.
La pregunta es inevitable: ¿cómo celebrar cuando buena parte de la sociedad enfrenta problemas que van desde la violencia hasta la precariedad económica?. En numerosos estados la lucha contra el crimen organizado continúa siendo una preocupación cotidiana, mientras que en las grandes ciudades persiste un clima de tensión social que difícilmente favorece el entusiasmo colectivo.
Pero el problema no es solamente el contexto nacional. El propio modelo de organización de este Mundial ha contribuido a profundizar la sensación de exclusión. Los elevados costos de boletos, los gastos asociados al acceso a eventos como el “Fan Fest” y las dificultades para participar incluso en actividades paralelas han reforzado la percepción social de que esta Copa del Mundo fue diseñada para una élite económica y no para las grandes mayorías.
Resulta paradójico que el fútbol, considerado durante décadas uno de los principales elementos de identidad popular en México, se haya convertido en un espectáculo cada vez más inaccesible para quienes le dieron vida desde las tribunas, las calles y las canchas de barrio. El aficionado común observa cómo la pasión que alguna vez fue compartida parece ahora reservada para quienes tienen la capacidad económica de pagarla.
El fenómeno no es exclusivo de México. Estados Unidos, país que concentrará la mayoría de los encuentros del torneo, también enfrenta desafíos políticos, económicos y sociales importantes. El Mundial llega en un momento complejo para buena parte del continente norteamericano, donde las tensiones internas contrastan con la imagen de prosperidad y celebración que busca proyectar la FIFA.
Por ello, más allá de los goles, las ceremonias y el espectáculo mediático, el Mundial 2026 corre el riesgo de ser recordado como una competencia desarrollada en medio de profundas contradicciones; torneo que en lugar de generar sentimiento generalizado de unidad, ha puesto sobre la mesa debates sobre desigualdad, exclusión y el creciente distanciamiento entre el negocio del fútbol y sus aficionados.
La FIFA insiste en presentar esta edición como la más grande y exitosa de la historia. Sin embargo, para muchos ciudadanos quedará la impresión de que el organismo rector del fútbol mundial privilegió nuevamente los intereses económicos sobre el espíritu popular que durante décadas hizo de este deporte un fenómeno universal. Por su contexto, para muchos ya es considerado el mundial más politizado de la historia de las justas mundialistas.
Mientras las pantallas transmiten la emoción de cada partido, millones de personas observarán desde lejos una fiesta a la que difícilmente pudieron ser invitadas. Y esa quizá sea la imagen más representativa de este Mundial: un gran espectáculo global celebrado en medio de sociedades que enfrentan sus propias crisis y que, en muchos casos, ya no encuentran motivos suficientes para festejar.
México recibe nuevamente una Copa del Mundo, pero esta vez la celebración llega entre gritos de inconformidad, desigualdad y desencanto. El tiempo dirá si el torneo logra superar ese contexto o por el contrario, termina siendo recordado como el Mundial de las grandes contradicciones.

Más Noticias

+ noticias