El fútbol jamás ocultará nuestras tragedias y hoy terminó el sueño de un país que buscaba refugiarse en el balón.

*Hoy no solo quedó eliminado México. También terminó el sueño de un país que buscaba refugiarse en el balón. *Hoy se llora con una impotencia difícil de describir. Porque somos mexicanos y sabemos reconocer una derrota cuando el rival ha sido superior.

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Dicen que el futbol es el mejor distractor de un país. Durante noventa minutos nos permite olvidar la realidad, aferrarnos a una ilusión y creer que, al menos por un instante, todos remamos hacia el mismo lado. Hoy México tenía esa oportunidad. Hoy podía regalarle a su gente una alegría en medio de tantas heridas abiertas. Pero ni eso.

La eliminación a manos de Inglaterra fue mucho una derrota deportiva y un golpe que nos a conduce la realidad de un país que lleva demasiado tiempo perdiendo.

Tenemos una de las ligas más cuestionadas y menos competitivas del mundo. Una liga sin ascenso ni descenso, donde pueden alinearse hasta ocho extranjeros por equipo y donde el mérito deportivo ha sido desplazado por los intereses económicos.

Mientras tanto, en la cancha seguimos aferrándonos al pasado. Guillermo Ochoa llegó más por nostalgia que por presente. Y tampoco podemos olvidar cómo comenzó este proceso mundialista: con Javier Aguirre regresando al banquillo nacional en medio de una transición polémica que terminó con la salida de Jaime Lozano. En el futbol, como en la vida, las formas también importan.

Vivimos tiempos en los que, incluso, parece que la presión internacional hace más por exigir justicia que nuestras propias instituciones. Mientras tanto, la protección política sigue siendo una constante que alimenta la desconfianza de millones de mexicanos.

Por eso este Mundial representaba mucho más que futbol. Era la posibilidad de gritar un gol para olvidar, aunque fuera por unas horas, todo aquello que nos duele como sociedad. Era la oportunidad de abrazarnos alrededor de una camiseta.

Hoy México cayó 3-2 ante Inglaterra. Duele el resultado, pero duele aún más imaginar hasta dónde pudo llegar esta Selección si las decisiones se hubieran tomado con base en el rendimiento y no en los nombres; si al Mundial hubieran ido los jugadores que realmente lo merecían y no los de siempre, los consentidos de un sistema que desde hace años premia la comodidad antes que el mérito.

Hoy se llora con una impotencia difícil de describir. Porque somos mexicanos y sabemos reconocer una derrota cuando el rival ha sido superior. Lo que ya no aceptamos es seguir perdiendo también fuera de la cancha. Somos una sociedad que implora lo que merece: un país que le corresponda a su gente, que premie el esfuerzo, que brinde seguridad, justicia y oportunidades. Un país que, con toda la riqueza que generan millones de mexicanos todos los días, sea capaz de devolverles algo tan sencillo y tan valioso como la felicidad.

Hoy no solo quedó eliminado México. También terminó el sueño de un país que buscaba refugiarse en el balón. Nos despedimos del que, para muchos, fue el mejor Mundial de la historia. Y lo hacemos como tantas otras veces: con frustración, con preguntas sin respuesta y con la amarga sensación de que, dentro y fuera de la cancha, seguimos siendo el país de las tragedias.

Hoy México perdió 3-2 con Inglaterra. Una derrota que duele, pero que también deja una pregunta imposible de ignorar: ¿y si sí? ¿Y si este equipo hubiera llegado más lejos con los jugadores correctos? ¿Y si se hubieran terminado los privilegios, los consentidos y las convocatorias por nombre? ¿Y si, por una vez, hubieran jugado los que mejor momento atravesaban?

Nunca lo sabremos. Pero esa duda acompañará a millones de mexicanos durante mucho tiempo.

Hoy se llora con una impotencia difícil de describir. Porque somos mexicanos y sabemos reconocer una derrota cuando el rival ha sido superior. Lo que ya no aceptamos es seguir perdiendo también fuera de la cancha. Somos una sociedad que implora lo que merece: un país que le corresponda a su gente, que premie el esfuerzo, que brinde seguridad, justicia y oportunidades. Un país que, con toda la riqueza que generan millones de mexicanos todos los días, sea capaz de devolverles algo tan sencillo y tan valioso como la felicidad.

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