Este 8 de julio la ciudad de Durango cumple 463 años de su fundación. Nacida como capital del antiguo Reino de la Nueva Vizcaya y fundada el 8 de julio de 1563 por el conquistador español Francisco de Ibarra, la ciudad llega a un aniversario más en medio de un escenario complejo, marcado por problemas políticos, económicos y sociales que afectan la vida cotidiana de sus habitantes.
Ante esta realidad, surge una pregunta inevitable: ¿los ciudadanos tenemos realmente algo que celebrar?
Quienes todos los días salen a buscar el sustento para sus familias, difícilmente pueden compartir el entusiasmo de una clase política que organiza festejos con recursos públicos mientras miles de duranguenses enfrentan desempleo, incertidumbre y una calidad de vida que parece deteriorarse con el paso de los años.
Hoy más que nunca atravesamos tiempos difíciles. Basta recorrer las calles para constatarlo. Nadie puede convencer a los ciudadanos de que todo marcha bien cuando la ciudad se ahoga en sus propias carencias: calles llenas de baches, parques abandonados, servicios públicos deficientes y un Centro Histórico que requiere mucho más que discursos y ceremonias.
Seguimos aquí y seguiremos construyendo el presente de Durango con nuestro trabajo y esfuerzo. Pero resulta difícil identificarse con una celebración oficial cuando la realidad cotidiana dista tanto de los mensajes optimistas.
Quizá lo más doloroso sea sentir que también hemos perdido parte de aquella tranquilidad de la que tanto presume el Corrido de Durango, escrito por Miguel Ángel Gallardo. Esa paz que durante décadas fue motivo de orgullo para los duranguenses y que hoy parece cada vez más lejana.
Un aniversario debería ser motivo de reflexión, de rendición de cuentas y de compromiso con el futuro, más que de actos protocolarios. Porque una ciudad no se celebra únicamente por los años que cumple, sino por la calidad de vida que ofrece a quienes la habitan.
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